¿Alguna vez te has sentido desubicado en algún lugar, como si no pertenecieras allí?¿Cómo si por un instante no supieras bien quién eres ni qué haces allí y quisieras hacer algo importante pero no sabías qué hacer? Pues bien, si es así, talvez este cuento, te resulte familiar…
***
Había una vez -en algún lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo-, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos.
Todo era alegría en el jardín, excepto por un árbol profundamente triste.



Hace algunos años escuché esta historia, de Gabriel García Márquez, que me hizo reflexionar sobre la posición que debe adoptar el hombre a la hora de querer resolver los problemas del mundo…
Es curioso darnos cuenta que, muchas veces, nos pasamos la vida como esperando que algo especial suceda, como si aguardásemos la llegada de esa hada madrina de los cuentos de infancia, que con varita mágica llega volando y nos toca, dándonos con él el poder que esperábamos, la fuerza que nos faltaba para hacer algo grande o aquello que no nos atrevíamos por falta de valor.
Un hombre de la Edad Media que deambulaba por las calles de su ciudad detuvo su paseo delante de las obras de la catedral en construcción, y allí vio a tres obreros trabajando la piedra. Se acercó y les preguntó:
Esta enseñanza pertenece a un filósofo estoico llamado Epícteto, quien vivió gran parte de su vida como esclavo. Su amo era uno de los hombres más reconocidos e influyentes en el Imperio Romano.


